Napoleón III, el Rey bueno

Francisco Carlos Luís Napoleón de Bonaparte reinó con el nombre de Napoleón III porque entre su tío, el emperador Napoleón (algunos pensaban que era su padre, lo que le atormentó durante toda su vida, no tanto ser su hijo como no saberlo a ciencia cierta) y él mismo, hubo un Napoleón II, rey de Roma entre 1811 y 1814.

El hecho de que Napoleón III no supiera realmente quién era su padre le desconcertó, pero no era para menos ya que teóricamente fue el rey de Holanda, Luís de Bonaparte, hermano del emperador Napoleón, siendo su madre, la hija de Josefina, la emperatriz ya que ésta se había casado con Napoleón en segundas nupcias. Los rumores decían que Napoleón había tenido una relación con su sobrina adoptiva, Hortensia, de 24-25 años de edad, catorce años más joven que él. Las sospechas eran aún más serias en el momento en que Hortensia defendía a ultranza el pasado imperial de los Bonaparte y en concreto la gloria de Napoleón I cuando su marido había sido obligado a renunciar al trono de Holanda por el propio Napoleón, creándose una gran enemistad entre los dos.

En cualquier caso, Napoleón III nació en París en 1808, un año sumamente importante:

El uno de enero se prohíbe definitivamente la importación de esclavos en Estados Unidos aunque como es bien sabido esa abolición no fue respetada. En vez de ir barcos propios, otros de otras nacionalidades servían de esclavos a los Estados sureños.

El emperador Napoleón ocupa los Estados Pontificios con sus tropas e invade España; Rusia, con la ayuda de Francia y Dinamarca, entra en guerra con Finlandia.

El rey de España abdica en su hijo, Fernando VII y el Pueblo de Madrid se levanta contra los franceses en el archiconocido “dos de mayo”, magistralmente retratado por el genial pintor español Francisco de Goya. José de Bonaparte es proclamado rey de España y de las Indias Occidentales pero en julio se produce la gran derrota imperial en Bailén. De todos modos, Napoleón coloca en el trono de Nápoles al mariscal Murat. Los franceses vencerían la resistencia española en las batallas de Tudela y Somosierra.

El Imperio turco pasa a ser gobernado por el sultán Mahmud II que vería posteriormente como su Estado se desmorona al igual que el español, siendo 1808 el año del comienzo de la independencia no solo de España con respecto a Francia sino también de las colonias españolas con respecto a su metrópoli, el Reino de Fernando VII.

Como vemos, un año muy interesante.

En 1815, su familia es desterrada después de la caída de Napoleón, por lo que termina de criarse entre Suiza y Baviera.

Crece convencido de que Francia debe recuperar su glorioso pasado y vencer la humillación a la que le sometieron las grandes potencias europeas tras la caída del Imperio napoleónico, el Primer Imperio Francés.

Comienza siendo un conspirador liberal viajando por toda Italia e intenta derrocar a Luís Felipe de Orleáns del trono de Francia, en dos ocasiones, sin éxito, pero debido a sus intentonas fue condenado a cadena perpetua aunque consiguió fugarse a los seis años de cautiverio, refugiándose en Inglaterra. Por entonces tenía 38 años de edad.

En 1848, con la Revolución que instauró la II República (la primera fue precisamente la que derivó en el Imperio de Napoleón), se presentó a las elecciones alentando a los franceses a recuperar la confianza perdida, recuperando su pasado imperial con una doctrina mezcla de conservadurismo, liberalismo e incluso socialismo pero una vez en el poder favoreció a la Iglesia cristiana católica apostólica romana, no solo dejando que se hicieran cargo de las instituciones docentes privadas sino apoyando militarmente al Papado en su reivindicación de los Estados Pontificios que se habían constituido en República, algo insólito y considerado una traición por los republicanos italianos y no pocos franceses puesto que Luís Napoleón había luchado a su lado en 1831 (incluso un hermano mayor murió en esa contienda), por lo que no se entendía su cambio a no ser que hubiera sido todo una estrategia para recuperar el poder de los Bonaparte. Si fue así, Luís Napoleón arriesgó mucho y además tuvo una gran sangre fría al ofrecer una cara muy distinta, de liberal combatiente, durante lustros.

Al poco de subir al poder al frente de la II República francesa, recortaría tanto el sufragio universal como las libertades ciudadanas que él había defendido años atrás y una de las razones por las que fue elegido presidente de la República.

Sin embargo, si se analiza su figura y sobre todo, sus escritos, nos damos cuenta de que ante todo era un napoleónico convencido. Más que un monárquico, era un entusiasta del proyecto de su tío, Napoleón I. De hecho, en 1839 escribió y publicó “Las ideas napoleónicas”.

En 1851 disolvió la Asamblea Nacional Constituyente, dando un golpe de Estado puesto que estaba enfrentado a los monárquicos del Gobierno legislativo salido de las urnas en 1849 y proclamó una nueva constitución diseñada por él mismo que sin embargo contó con el apoyo masivo de casi todos los franceses, fuera cual fuese su condición; lo cierto es que era apreciado por todos, conocido como “el Rey Bueno” y se puede decir que ejerció como buen gobernante, aunque su política exterior fuera un fracaso.

Se convertiría en el príncipe-presidente de la República, como paso previo a su coronación como emperador de todos los franceses en 1852.

En 1853 se casó con la española María Eugenia de Montijo que desde ese momento se convirtió en la emperatriz de Francia.

Su corte fue de lo más peculiar. Él gustaba considerarse socialista (una de las medidas que propuso era destinar nueve millones de hectáreas para colonias agrícolas de explotación ciudadana). Pero su esposa era una monárquica convencida y a su alrededor contaba con republicanos y simpatizantes de la Casa de Orleans, enemiga de la de Bonaparte.

El Imperio duraría mucho más que el de su tío, nada menos que 18 años (el de Napoleón I tan solo once años) y suele dividirse en dos etapas:

El Imperio autoritario, hasta 1860

La Iglesia recuperó todo su poder con sínodos convocados por los obispos cuando les apetecía, una partida presupuestaria estatal en ayuda del mantenimiento de la Iglesia, voz propia en el Senado de Francia y la mayoría de las instituciones docentes de enseñanza primaria y secundaria en sus manos.

Se dice que el favor imperial a la Iglesia vino porque Napoleón III ansiaba ser coronado como soberano de todos los franceses por el propio Papa al que había ayudado a recuperar su Estado en Roma, el cual se había convertido en una República.

Napoleón se había aliado a Inglaterra (no obstante había estado refugiado en ese país tras su fuga del castillo de Ham en el que estuvo recluido seis años) y participó con ella en la Guerra de Crimea contra Rusia para evitar que ésta aumentara su influencia y se expandiera a costa del debilitado Imperio turco.

Sufrió un atentado en enero de 1858 por un revolucionario italiano del movimiento “Joven Italia”, llamado Felice Orsini que en cambio escribió una famosa carta en la que animaba al emperador a encabezar el movimiento de unificación de Italia en recuerdo de su pasado revolucionario, lo que activó esa añoranza en Napoleón III y desde ese momento maniobró para que Italia fuera una nación unida bajo un solo soberano aunque con el Papa como referente. La carta no impidió que Orsini fuera a la guillotina.

La Guerra de Italia comienza y en ella se enfrentan Austria y Francia que apoya al Papado y al Piamonte. Los franceses consiguen contundentes victorias en Magenta y Solferino pero comienzan a surgir movimientos revolucionarios en contra del Papa, lo cual empañaba esos éxitos militares y dificultaba la unificación italiana.

Garibaldi se alza en Sicilia y Calabria, marchando victorioso hacia Roma. Francia, una vez vencida Austria, dejaría que el Piamonte se encargara de los asuntos italianos y su rey, Victor Emmanuel, acabaría por ser proclamado rey de Italia lo que enojó al Papa Pío IX, que esperaba un mayor poder.

Napoleón III para recuperar la confianza del Papa ayudó a liberar a los cristianos maronitas de Siria, a restablecer las misiones cristianas en China y otras intervenciones en Asia, siempre protegiendo intereses cristianos aunque de uno de esos conflictos, Francia acabó conquistando la Cochinchina o sur de Vietnam. Sin embargo, Pío IX nunca le perdonó que le dejara sólo en Italia.

El Imperio liberal

Ante el continuo desplante del Papa y del partido católico en Francia, el emperador comenzaría a hartarse y a distanciarse cada año más del Papado e incluso a acercar posturas hacia los liberales, a cerrar instituciones cristianas y a reconocer el nuevo Reino de Italia, enviando embajadores. Si las medidas no fueron más drásticas fue porque la emperatriz, una católica entusiasta, influyó en Napoleón III para que suavizara su animadversión hacia el Vaticano.

Entre 1863 y 1867 se olvidó de Italia ya que le preocupaba más su aventura americana en México donde había instalado a su sobrino, Maximiliano de Austria, como emperador de México, donde acabarían derrotados por el presidente Juárez.

Los Estados Pontificios estaban en manos imperiales con tropas regulares allí destacadas para proteger al Papa pero el nuevo gobierno italiano consideraba que la capital del Reino debía ser la Ciudad Eterna y no Turín, donde se encontraba temporalmente, sino Roma por lo que suplicó al emperador que pusiera fin a la ocupación.

A pesar de ayudar a Prusia en su intención de unificar Alemania, conquistando previamente Austria, para lo que pidió, a cambio, para Francia, Luxemburgo, el canciller Bismarck se opuso y comenzó a rearmarse ante la posibilidad de una guerra con Francia.

En Italia, la facción de Garibaldi invadió los Estados Pontificios pero fueron derrotados por las tropas imperiales. Entonces, el ejército papal pidió continuar la campaña contra el rey de Italia pero el emperador se opuso.

Finalmente, Prusia entra en guerra con Francia produciéndose un gran desastre para el ejército imperial en Sedan donde además el emperador fue capturado. No fue ayudado por las tropas italianas ya que Napoleón III insistía en defender al Papa y en no ceder ante la pretensión italiana de entrar en Roma y declararla su capital, anulando el poder de Pío IX. Esa protección del Papa a pesar de sus desplantes no terminaba de ser entendida en Francia, donde comenzó a acusarse a Napoleón III de ser el causante de la ruina del Estado, con sus empresas exteriores fallidas.

Con el emperador preso, su Régimen fue depuesto, naciendo la III República francesa. Napoleón III huiría, con 62 años de edad, de nuevo a Inglaterra, País por el que sentía una especial simpatía, donde moriría tres años después.

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Post recomendado: "Causas del imperialismo", en el que puede verse un excelente esquema del profesor Pedro Oña sobre los motivos que llevaban a los diferentes Estados europeos, entre ellos la Francia de Napoleón III, a expandirse, buscando nuevas colonias.

Adolfo Estévez


2 comentarios:

tu historia tiene muchos fallos, pones a Napoleon III como 1 personaje nada politico, cuando era llamado "el zorro", la cosa no fue exactamente como la cuentas

17 de agosto de 2009, 22:09  

Pues entonces, deleítanos e ilústranos con tus conocimientos; te aseguro que acepto las correcciones, siempre y cuando estén lo suficientemente documentadas

19 de agosto de 2009, 19:22  

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